TECUMSEH Y EL PROFETA

Los hermanos Shawnees que desafiaron a Estados Unidos

Autor: Peter Cozzens


 

RESEÑA REALIZADA POR ASIER ROJO

 

Mario Agudo, especialista en asuntos macedonios y autor de numerosos libros sobre el periodo clásico, advierte sobre lo difícil que resulta ponderar las grandes biografías de la Historia a las que el mito ensalzatorio llegó en vida. Alejandro murió siendo dios, héroe y leyenda, lo que complica su tratamiento histórico. Generaciones posteriores se convirtió en “vida ejemplar” para romanos, escolásticos medievales y sabios renacentistas, haciendo que la investigación ecuánime de su epopeya vital tuviese que realizarse siempre bajo la sombra de las alas del mito.

 

Algo similar, aunque a muy menor escala, nos encontramos en las biografías de los hermanos shawnees que Peter Cozzens compila, con discutible éxito, en este volumen traducido y editado por Desperta Ferro.

 

Mi primer contacto con el caudillo indio fue a través de Amateurs to Arms!, un wargame o que simula la Guerra de 1812 entre británicos y estadounidenses (en mitad de la cual se produjo la famosa quema de la Casa Blanca). La relevancia de los indios para el jugador británico es vital a la hora de controlar los inmensos territorios del Alto Canadá, y entre las unidades destaca el jefe indio Tecumseh, con los valores más altos que permite el juego.

 

Tras varias partidas mi interés por el líder de la confederación india creció, así que busqué información en Internet. Tanto las fuentes americanas como británicas lo perfilan como un hombre valiente, sosegado e inteligente, de una imponente presencia física. Tecumseh era respetado en vida, y su reputación le precedía a cualquier consejo o reunión a la que acudiese.

 

La lectura del libro arroja una visión diferente, evidenciando la tradición anglosajona de ensalzar al enemigo. El personaje de Tecumseh se convirtió, en vida, en un constructo blanco fantasioso que aunaba el mito del buen salvaje con el del nativo irredento: un Viriato o un Vercingetórix americano. Enemigo primitivo, aunque noble, en contraposición a la evidente posición de inferioridad de su cultura.

 

La realidad, a pesar del maquillaje de Cozzens, es bien diferente.

 

A finales del siglo XVIII el mundo nativo americano se derrumbaba: los colonos de las Trece Colonias no dejaban de emigrar al oeste, empujando a las tribus de sus territorios. La Guerra de Independencia de los Estados Unidos selló la sentencia de muerte para la cosmovisión indígena: sin la supervisión de Londres, los yankees se lanzaron a una ocupación de tierras salvaje en las que los obstáculos naturales como los Apalaches, los espesos bosques de Indiana o los caudalosos ríos como el Ohio representaban poco más que barreras molestas. Igual que sus moradores.

 

No olvidemos que el primer presidente americano, el Padre Fundador George Washington, tenía el sobrenombre de Conotocaurius, “Destructor de Pueblos” entre los iroqueses.  

 

Adicionalmente, otro caballo del apocalipsis indio cabalgaba a la par de las penetraciones blancas: la aculturación. Náufragos en un mundo que acababa de estrenar la Revolución Industrial, los nativos americanos habían perdido sus valores tradicionales y quedaban a merced de la influencia blanca: nuevas religiones, alcohol y fin de la sostenibilidad de un sistema económico basado en la caza nómada migratoria.  

 

En este universo en claro ocaso nacieron los hermanos shawnees: Tecumseh, el jefe militar, y Tenskwatawa, el Profeta. Es cierto que alguna rebelión india anterior había conseguido un respiro en los patrones de ocupación de los colonos blancos, pero las cifras hablan por sí solas: una población dispersa de 60.000 nativos, disgregados en minúsculas tribus y facciones, se enfrentaba a más de 2 millones de colonos blancos, con estructuras federales aún en formación, pero capaces de responder a nivel estatal con contundencia.

 

Con estos ingredientes parecemos abocados a la recurrente historia de resistencia épica desigual tras un líder carismático que embelesa a las generaciones posteriores. Es, ciertamente, a lo que aspira este libro. Sin conseguirlo. La realidad histórica se va interponer en su camino.

 

Durante las primeras trescientas páginas, a mi gusto anodinas, vamos a asistir a la lenta ascensión de los hermanos. No encontramos aquí, a pesar de las torpes justificaciones del autor, los héroes honorables prometidos.

 

Tecumseh se configura como poco más que un cuatrero, asaltador de bateas en el Ohio comandando bandas de apenas una docena de guerreros/bandoleros. En su primera batalla demuestra cobardía y sale huyendo, y es sistemáticamente ninguneado en los consejos. Además, ciertas matanzas especialmente crueles en sus incursiones van a sembrar la duda sobre si participó en ellas o, tampoco muy halagador, no ejercía un control firme de sus hombres.

 

Más deprimente es aún la historia de su hermano, alcohólico repudiado y lisiado. Tras una supuesta visión, pasa a liderar un renacimiento religioso basado en sus poderes proféticos. No encontramos aquí a un sabio, no obstante, sino más bien a un charlatán que sabe sacar partido a los crédulos. Un mesías chapucero que entiende el estado de desorientación espiritual y en valores de una comunidad al borde de la extinción, y lo aprovecha. Su persecución de brujos y brujas, temidos en el mundo indio, recuerda al mejor fanatismo de los Juicios de Salem.

 

Triste espectáculo, puesto que la “extraordinaria” confederación de los hermanos nunca pasa de ser un pueblo pequeño, Villa Profeta, de apenas unos pocos cientos de habitantes. Asentamiento que va a ser arrasado por el gobernador del territorio de Indiana, y enemigo implacable de los hermanos, William Henry Harrison. La batalla de Tippecanoe, en 1811, dejó en evidencia la incompetencia terrenal de Tenskawatawa, y su irrelevancia espiritual. A partir de ese momento el hermano menor haría y diría lo necesario para sobrevivir en un decadente y anticlimático final.

 

La red de alianzas tribales tampoco parecía terminar de favorecer al hermano mayor. Sin embargo, una última oportunidad se presentó en 1812 en forma de alianza con los británicos. El Sueño de la Nación India, colchón entre el Canadá británico y los Estados Unidos, era una posibilidad remota pero real con el apoyo y los recursos del Imperio Británico. Es así como Tecumseh y el mayor general Brock consiguieron un par de sonadas victorias contra los americanos, consolidando una efímera confederación tribal liderada por el shawnee.

 

Sin embargo, los éxitos nativos quedaban siempre supeditados al apoyo británico. Y si para Londres América era un teatro secundario de las Guerras Napoleónicas, podemos imaginar la relevancia que tenía en el Parlamento las minúsculas poblaciones del Alto Canadá. Con la muerte de Brock, la ausencia de suministros y un par de reveses militares, la complicadísima alianza diplomática que regentaba Tecumseh se disolvió en semanas, muchos de ellos pasándose a los indios que luchaban bajo bandera americana. Abatido y consciente de su fracaso, buscará y encontrará una muerte honorable en la batalla del Támesis. Su hermano terminó mendigando sustento varios años, tanto a británicos como a americanos.

 

Es por ello que, en mi opinión, Cozzens juega a ser El Profeta, vendiéndonos una épica que luego no encontramos en el libro. Los hermanos shawnees “que desafiaron a los Estados Unidos”, en su rimbombante subtítulo, en realidad solo pusieron en apuros temporales al gobernador de Indiana, orquestaron un “revival” nativista de muy limitado efecto y ganaron un par de victorias de poco calado junto con sus aliados británicos.

 

Esta es la historia que nos cuenta Peter Cozzens, y hay que reconocerle mérito: aunque se le nota ansioso de revivir la leyenda, es honesto con las fuentes. No esconde los actos de crueldad y los fracasos vitales de los protagonistas, que son abundantes, aunque siempre tiene una frase o hipótesis final exculpatoria.

Cozzens escribe sobre un mito histórico. O contra él. Es difícil abstraerse de su halo romántico, y la simpatía se le nota. Quizás demasiado.

 

Que El Gran Espíritu le perdone. 

 

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